martes, 8 de septiembre de 2009

Melancolía

Braulio Fortuna

Sus pasos lo condujeron a la ventana, la ventana le permitió ver la ciudad dormida. Se pasó la mano por el pelo en un gesto de desesperación y asombro. Se sentó en el sillón o más bien se desparramó en él. Si, esa era la palabra correcta, estaba desparramado, no sólo físicamente sino mentalmente. Su cuerpo ocupaba un espacio físico determinado, era un punto en las coordenadas de meridianos y paralelos, minutos y segundos que se observan en los mapas. Pero su espíritu, o su mente o su ser, lo que fuera que habitaba en su cuerpo, no estaban allí.

Apoyó los codos en las rodillas y se tomó la cabeza, quería detener el incesante flujo de pensamientos que lo agobiaban. Había un huracán dentro de su pecho, un torbellino que no paraba de girar y amenazaba con tragárselo. Sus pensamientos iban al futuro y le traían desesperación y miedo, una preocupación dañina que le obligaba a sufrir por anticipado. También iban al pasado y le recordaban los errores que había cometido, las faltas en las que había incurrido por soberbia o por ignorancia, pero, que le habían dejado una huella indeleble que se manifestaba hoy. ¡Pero hoy no era hoy! No sabía qué día era; por eso había querido ver la ciudad y tratar de encontrar el punto exacto en donde estaba. Si hoy no era hoy, ¿Entonces qué momento era? Trataba de recordar, de profundizar, pero no podía. El fragor de su cerebro y de sus emociones lo llevaban de un lugar a otro, de un tiempo a otro, como una rama arrastrada por los vientos de la tormenta que vivía.

Desparramado, de verdad sintió que era así. Los escasos segundos en que lograba verse, en que lograba estar presente, o sea detener el remolino de su interior, podía concluir que algo no estaba bien. Algo se le escapaba de su comprensión pero no sabía bien qué era. Un sabor amargo le raspaba la garganta, le hacía crujir las tripas; pero no podía llegar a ninguna conclusión clara. Todo era borroso. Se incorporó de nuevo y miró por esa ventana que lo comunicaba con una ciudad impertérrita. Una ciudad de cemento y luces que en su frialdad albergaba tanta vida. El fragor retornaba y se sumía de nuevo en esa desesperación enfermiza, en esa sucia manera de hacerse daño, pero que no podía evitar. Golpeó el vidrio con rabia, se apoyó en el marco y puso la frente en el sucio cristal. Tuvo la sensación de que era sólo una cortina de agua y que podía traspasarlo, su cabeza colgaba ahora treinta pisos en el vacío y vio como las sombras que gobernaban la noche se movían en una danza pegajosa y sensual. Le dio miedo y se retiró. ¿Era verdad? ¿Era correcto querer terminar con su propia vida? ¿Era útil para él o para la vida el terminar con todo sin ni siquiera conocer el sentido?

Volvió a su sillón y cayó de nuevo en ese hoyo negro que era su propia alma. Todo el desconocimiento inaudito de sus acciones, de sus experiencias, de su historia, por decirlo así; le provocaron vértigo. Se dobló sobre sí mismo y supo, en ese instante de revelación, que si la noche era la puerta de entrada a las catacumbas de su mundo interno, entonces él era un fantasma que no tenía hogar. “Claro”, se dijo, “no habito un lugar específico, sino que vago de cuarto en cuarto, de calle en calle, de ciudad en ciudad, sin tener donde descansar.” “Claro”, se dijo, “es por eso que tengo este cansancio de siglos.” Era un fantasma dentro de su cuerpo. Esbozó una mueca, algo parecido a una sonrisa. La maldita desesperación y la horripilante melancolía que corroía sus huesos, no lo dejaban ni siquiera sonreír. ¿Era hoy o era mañana o era ayer? Esta pregunta se repetía una y otra vez dentro de su cabeza. No podía responder pues ahora sentía rabia por aquello que hizo tres años atrás: peleaba y discutía con esa persona con la que no pudo resolver el conflicto y en donde quedó herido. Al siguiente minuto sentía miedo, no sabía que iba pasar mañana y como resultarían las cosas. ¿Que irá a pasar, podré salir de este enredo? Y así, interminablemente, en un ir y venir del pasado al futuro, del futuro al presente y al pasado.

“Soy un idiota, soy un perdedor, soy un desgraciado”, “¿Cómo no pude darme cuenta a tiempo?” “¿Cómo dejé que las cosas llegaran a este punto?” “Flojo, cobarde, si eso soy un cobarde”. “No, pero ¿qué otra cosa iba a hacer?” “No tenía otra salida, era la única opción, si lo hice era porque era la única opción”. “No, no tenía que darle todo, no tenia que mostrar todos mis secretos.” “Maldita sea, ¿Cómo pude ser tan estúpido?” “No te justifiques, reconoce tus errores, acepta tu derrota.” “Qué más da, si la vida sigue” “¿Sigue, y para donde va?” “¿Dónde irán a parar mis dudas, mis miedos, mis angustias?” “Que va, todo es un error, no hay explicación, debo aceptarlo.” ¿Soy, pero cuando digo yo soy, quién soy? ¿Acaso estoy aquí, o estoy muerto ya y no lo sé, o quizás aun no soy?

“¡No quiero pensar más!”, gritó y se paró de nuevo.

Se tomó la cabeza y en un gesto desesperado encendió el televisor. Si eso era, dejaría que la nociva maquina parlante del televisor lo distrajera, si seguía escuchándose se volvería loco. Lo sabía, lo intuía, su razón se debilitaba poco a poco, como se debilita una tubería de metal que se oxida lentamente en la humedad de algún patio. La parpadeante e hipnótica luz del tubo inundo la habitación. Su sombra se proyectó contra la pared, en donde, de manera irónica, un cuadro de Miguel Ángel mostraba una mano humana tocando la punto de un dedo de Dios. Cerró los ojos y dejó que la bulla de voces y música lo envolvieran. Sin embargo, su agitado mundo interno no paraba de girar, no paraba de emitir su lava. Sí, eso era, era un volcán en erupción lo que había en su pecho, en su cabeza, en todos sus poros, y emitía una lava hirviente que eran pensamientos, emociones, estados de ánimo que se vertían dentro de él, envenenándole.

Abrió los ojos y vio en la pantalla a un hombre sentado en un sillón. El hombre estaba literalmente echado en una butaca de cuero. Sus manos se paseaban incansablemente por su pelo, se doblaba en dos y miraba luego por una ventana. En la distancia se veía una ciudad, pasaban sombras y figuras fantasmagóricas que semejaban siluetas femeninas en una danza sensual. El televisor reproducía los pensamientos de ese hombre al borde de la desesperación. Era una voz gruesa y gastada, como de alguien que ha fumado toda su vida y ya el cáncer corroe su garganta, dejando pasar solo una amorfa composición de palabras arrastradas, seseantes. Asombrado se incorporó, había algo familiar en esa película, aunque no lograba reconocer del todo esa voz. La imagen llevaba y traía a ese hombre, desde la ventana al sillón, desde el sillón a la ventana. Mostraba sus manos huesudas que se enroscaban en un pelo ceniciento y sucio. De pronto, el hombre en la película se volvió y mirando la cámara, en una toma frontal, habló:

“Todo lo que me pasa es que estoy dormido, nunca he despertado y he soñado mi vida. Un sueño, si, es sólo un sueño. Una pesadilla macabra en donde he cumplido todas mis fantasías, pero no he podido comprender nada. He vagado sin tener hogar, de cuarto en cuarto, de calle en calle, de ciudad en ciudad, he vagado sin tener donde descansar”

¡Maldita sea!, dijo, esos son mis pensamientos.

¿Pero son míos de verdad? ¿Quién es el que piensa? ¿Quién es el que sufre? No entiendo nada. Sus ojos cansados y rojos volvieron a enfocarse en la figura que le miraba desde la pantalla. ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué le parecía familiar su rostro, sus arrugas, sus ojeras y esa horripilante mueca que vagaba por su boca? ¿Por qué le hablaba de despertar, qué quería decir? Despertar, ¿Pero es que acaso él no estaba despierto? “Claro que estoy despierto”, se dijo. “Puedo caminar, puedo ir a esa ventana y ver la ciudad” ¿Acaso estas lágrimas que bajan por mi cara no son de verdad? ¿Acaso estas manos huesudas no son mis manos?

Se levantó y fue hacia la ventana, en una réplica del hombre del televisor. Era una sincronicidad diabólica. La mano posando en el alfeizar, la marca gaseosa que dejaba su aliento en el vidrio, la sombra que se disipaba por la pared. ¿Qué está pasando? Se preguntó y volvió a su gesto de pasarse la mano por el pelo. El otro, en una mímica de teatro hizo lo mismo, pero dejo escapar una sonrisa. Esta vez, la sonrisa era más amplia, desapareció la mueca y dejó paso a una risa estentórea que resonó en el cuarto y viajó en un eco lúgubre por el pasillo, hasta depositarse en la cama. Allí, cubierto por unas sabanas rojas, bañado en un sudor frio, despertó. Se reía, se reía, y las lágrimas se confundían con el sudor que a borbotones salía por sus poros.

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